Cómo terminé alojando mi vida digital en casa
Empezó con un disco duro que murió y se llevó años de fotos familiares. Terminó con un servidor en la sala, una casa inteligente y un gato en el logo. Esta es la historia.
Todo proyecto tiene un detonante. El mío no fue una idea brillante ni un tutorial de YouTube a medianoche: fue una pérdida. En mayo de este año, un disco duro externo donde guardaba fotos y videos personales y familiares simplemente murió. Sin aviso. Con él se fue una cantidad importante de recuerdos que no tenían copia en ningún otro lado. Si has pasado por algo así, sabes que no es un problema técnico: es el estómago revuelto de saber que algo que no se puede reemplazar ya no está.
De ese golpe salieron dos decisiones. La primera, inmediata y práctica: comprar una SSD de 2 TB para tener espacio de sobra. La segunda fue la que lo cambió todo: dejar de depender de un disco que tengo que cargar a todas partes, y empezar a investigar cómo tener mi información disponible desde cualquier lugar, sin arrastrar hardware ni rezarle a un cable USB. Lo tomé como un proyecto personal, casi un pasatiempo. Lo que no imaginé es que investigando iba a descubrir todo un mundo: que podía tener mis datos privados, bajo mi control, y encima acceder a servicios que normalmente se pagan, gratis y en mi propia casa.
El detonante: perder para aprender
La palabra que más se repite cuando alguien entra al mundo del self-hosting es "control". Pero para mí, al principio, la palabra fue "miedo". Miedo a volver a perder algo. Ese miedo es un motor sorprendentemente bueno: te obliga a aprender rápido, porque cada cosa que montas es una defensa contra que vuelva a pasar.
Mientras investigaba cómo llevar mis fotos a todas partes, me di cuenta de que la respuesta no era "otro disco" ni "otra nube que pago". Era montar mi propia nube. Un pequeño servidor en casa que guardara mis recuerdos, los sincronizara con mi teléfono, y me dejara verlos desde donde fuera. Una alternativa a Google Fotos, pero donde el dueño de las fotos soy yo y nadie más. A partir de ahí, la madriguera del conejo no tuvo fondo.
La máquina: un NUC de segunda mano
No quería gastar una fortuna para aprender. Un servidor casero no tiene que ser una torre enorme llena de luces; de hecho, para lo que yo necesitaba, cuanto más pequeño y silencioso, mejor. Después de comparar opciones, me decidí por un mini-PC de la familia NUC, y lo encontré de segunda mano en Facebook Marketplace a un precio difícil de creer.
Un ASUS NUC con procesador Intel N97, 8 GB de RAM DDR5 y una SSD de 256 GB, por alrededor de 190 dólares. Muy completo para su tamaño y su consumo. Le sumé la SSD de 2 TB que había comprado tras el desastre del disco, y de repente tenía una máquina diminuta, de bajo consumo, capaz de correr una casa entera de servicios sin despeinarse. Ese fue el hardware. Lo difícil, en realidad, vino después.
El sistema: por qué Debian y OpenMediaVault
Aquí es donde muchos se traban, y yo no fui la excepción. Elegir el sistema operativo fue sorprendentemente difícil, porque existen demasiadas opciones y todas tienen fans que juran que la suya es la mejor. Están las soluciones tipo NAS dedicadas, las plataformas de virtualización, las distribuciones de Linux "para servidores"… y algunas, además, se pagan. Yo tenía un requisito claro por encima de todo: curva de aprendizaje baja. Quería algo estable, gratuito, y que no me exigiera un máster en administración de sistemas para arrancar.
La combinación que me convenció fue Debian como base, con OpenMediaVault encima. Debian es una de las distribuciones de Linux más veteranas y estables que existen: no persigue lo último, persigue que las cosas no se rompan. Es la clase de sistema que enciendes y se olvida de sí mismo. Sobre esa base, OpenMediaVault le pone una cara amable: una interfaz web para administrar discos, carpetas compartidas y usuarios sin pelearme con la terminal para todo. Y lo más importante para lo que venía después: me dejaba correr Docker con comodidad, que es la pieza que hace posible todo lo demás.
Debian no persigue lo último; persigue que nada se rompa. Para un servidor que tiene que estar siempre encendido, eso es exactamente lo que quieres.
Con Docker en la ecuación, cada servicio nuevo dejó de ser una instalación arriesgada que podía dañar el sistema, y pasó a ser una cajita aislada que levanto, pruebo y borro sin dejar rastro. Y vaya que levanté y borré cosas.
Los servicios: lo que corre hoy en casa
Una cosa que nadie te dice del homelab es que el 90% de lo que instalas al principio, lo terminas borrando. Pruebas diez aplicaciones, te quedas con dos. Lo que sigue no es "todo lo que existe", sino lo que sobrevivió: los servicios que de verdad uso en el día a día, después de meses de prueba y error. Los agrupo por para qué sirven.
Nube personal y archivos
- Immich — la razón de todo: fotos y videos con sincronización móvil continua.
- Nextcloud — archivos, calendario y contactos unificados.
- Filebrowser — explorador web rápido y sin fricción.
Medios y entretenimiento
- Jellyfin — películas y series en red local sin depender de streaming.
- Audiobookshelf — servidor para audiolibros y podcasts con app propia.
Casa inteligente (domótica)
- Home Assistant — la joya de la corona. El cerebro que conecta y automatiza toda la casa.
- ESPHome — firmware personalizado para crear sensores y actuadores con ESP32.
- Frigate — videovigilancia con detección de objetos por IA local.
- Mosquitto — broker MQTT para la mensajería interna entre nodos.
Red y seguridad
- AdGuard Home — filtrado de anuncios y telemetría por DNS.
- Vaultwarden — gestor de contraseñas privado y cifrado.
- Cloudflare Tunnel — exposición externa segura sin abrir puertos.
- Tailscale — red Mesh privada tipo WireGuard.
- Nginx Proxy Manager + CrowdSec — reverse proxy y prevención de intrusiones.
Automatización y soporte
- n8n — flujos y webhooks automatizados conectados a Telegram.
- Uptime Kuma — monitorización de salud de servicios en vivo.
- Portainer + Watchtower — gestión y actualización continua de contenedores.
- Vikunja & Stirling PDF — tareas personales y utilidades de documentos.
Si tuviera que quedarme con uno solo, sería Home Assistant. Los demás resuelven problemas; Home Assistant, además, entretiene. Hace que la casa reaccione, que se sienta viva, y cada automatización nueva es un pequeño juego. Es el servicio que convirtió esto de "un proyecto para no perder fotos" en un hobby de verdad.
El cambio de dominio: mudar la casa sin tumbarla
Con todo funcionando bajo un dominio, llegó el momento menos glamoroso y más revelador del proyecto: cambiarlo. El dominio que usaba estaba por vencer, y renovarlo costaba unos 30 dólares por un año. Por curiosidad comparé, y registrar uno nuevo me salía por 20 dólares por dos años. La matemática era obvia. Así nació romehomelab.com — con Romeo, mi gato, ascendido a director de marca.
Pero mudar un dominio cuando tienes más de veinte servicios colgando de él no es cambiar un nombre: es arriesgarte a que todo se caiga a la vez. Aquí van las lecciones que me llevé.
Primera lección: no cambies, duplica
El instinto es reemplazar el dominio de golpe. Error. La jugada segura es correr los dos en paralelo. Como el túnel enruta por nombre de host, cada servicio podía responder al dominio viejo y al nuevo al mismo tiempo. Duplicas todo, pruebas con calma, y solo cuando el nuevo funciona dejas morir el viejo. Cero interrupciones, cero pánico.
Segunda lección: los detalles pequeños muerden
No todo fue copiar y pegar. Portainer, que corre con un certificado propio, lo había duplicado apuntando al protocolo equivocado y fallaba. Nextcloud rechazaba el dominio nuevo hasta que lo agregué a su lista de dominios de confianza. El dashboard se negaba a cargar por una validación de host. Y la propia página de inicio me dio un 403 Forbidden que resultó ser, después de un buen rato, un simple permiso de lectura mal puesto en un archivo. El homelab te enseña humildad un permiso a la vez.
Tercera lección: la seguridad es parte de la mudanza
Aproveché el cambio para blindar lo que estaba expuesto. Puse una capa de autenticación (Cloudflare Access) delante de los paneles de administración, activé verificación en dos pasos en el gestor de contraseñas, y resolví un falso positivo curioso: el navegador marcaba uno de mis servicios como "sitio peligroso" solo por ser un dominio nuevo con una pantalla de inicio de sesión. Taparlo con esa capa de autenticación no solo lo aseguró: hizo desaparecer la advertencia.
El homelab te enseña humildad un permiso a la vez.
Al final, la mudanza quedó completa y sin bajas. El dominio viejo lo dejé vivo unas semanas más, como red de seguridad, hasta dejarlo expirar tranquilo. Y para estrenar la casa nueva monté esta misma página, con Romeo de protagonista.
Empecé por miedo a perder unas fotos. Terminé con una nube privada, una casa que responde sola y un lugar en internet que es enteramente mío — con nombre de gato. Si quieres seguir el rastro del jefe del proyecto, Romeo anda por Instagram como @soy.romeo.gato 🐾